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SABER, NO ESTÁ “DEL TORO” MAL

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A excepción de la fotografía, nunca fui una apasionada de un tema concreto.  Me gusta saber y me gusta que me lo cuenten los que saben.  A favor o en contra, detractora o defensora, los toros nunca me han despertado iniciar una controversia como tampoco me lo despiertan otros temas sociales, más aún si están en boga.  Compartir con los que lo sienten de una u otra forma enriquece mucho más porque en el diálogo está la comprensión y de ella se deduce el respeto.

Estar en Madrid y no pasar por Las Ventas para mi no sería una estancia completa como tampoco lo habría sido no pasar por El Bernabéu y a pesar del poco feeling que tenga con este deporte.  Cuanto más vivo de primera mano todo lo que la vida oferta, más libre me siento.  

En las entradas de mi blog, los textos siempre acompañan a la fotografía.  En este caso, el texto que escribe Pedro Marchena a petición mía, supera la visión gráfica y me hace sentir menos ignorante en un tema que poco controlo.  Porque bordarlo, lo ha bordado desde el conocimiento y desde el respeto.  A mi solo me queda decir que saber, no está “del toro” mal y agradecerte como maestro, la crítica y tu visión porque solo quién entiende es capaz de poner el acento en el tema.

 

La tauromaquia (del griego, taūros ‘toro’, y  máchomai ‘luchar’) se define como «el arte de lidiar toros».

Lidiar toros. ¿arte, cultura o tortura? Pocos espectáculos despiertan tanta controversia en España como la mal llamada Fiesta Nacional.

Recordando un poco nuestro pasado los toros han estado presentes en la simbología religiosa celtíbera representando el poder, la fuerza y la virilidad para el guerrero celtíbero. Fue Rodrigo Díaz de Vivar, El Cid, el primer caballero que alanceó los toros.

Detractores y defensores llevan siglos conviviendo y confrontando. Siempre ha habido antitaurinos. El Papa Pío V fue uno de los primeros. En 1567 prohibió todos los juegos taurinos al considerarlos «sangrientos y vergonzosos». Impuso duros castigos, negando la sepultura eclesiástica a los que falleciesen víctima de los morlacos. También ha habido siempre defensores, incluso dentro de la realeza. El Emperador Carlos V, a pesar de no haber nacido ni ser criado en España, toreó y mato de una lanzada a un toro en honor del nacimiento de su hijo Felipe II en la plaza Mayor de Valladolid.

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Las dos formas de entender la tauromaquia son legítimas. Como legítima es la pasión que despiertan los toros entre los aficionados. Difícil resultará entender esto sin vivirlo, sin sentir esa pasión. Esa pasión que se siente en la Feria de San Isidro, la más importante feria taurina del mundo. Esa pasión, esa emoción que aflora cuando te acercas a Las Ventas, edificio de estilo neomudéjar y emblema de la ciudad de Madrid, ciudad que recuerda con cariño y con estatuas, en los aledaños de la plaza, a cuatro ilustres: Fleming, Luis Miguel Dominguín, Antonio Bienvenida y El Yiyo.

Una vez dentro de la plaza, el ambiente es multicolor y multisensitivo, cada uno recibe las sensaciones según su propio calibrador. Para unos, los de los tendidos de sombra, la corrida es sinónimo de presencia, de trajes a medida, de claveles en solapa, de gintónicos y whiskies, de mostrar que somos quienes somos, para otros, los de los de tendidos de sol, la corrida es también sinónimo de presencia, de otra presencia, la presencia de las clases más populares, que no quiere decir que sean mejores clases, quiere decir que son más populares, más de ir a los toros con bocatas y gorras o boinas, en contraposición a los claveles y los whiskies.
Fiel reflejo de la tan manida visión de las dos Españas.

Las siete en punto de la tarde. Arranca la corrida, hacen acto de presencia los alguacilillos. Su cometido es, además de ejecutar las órdenes del presidente, recoger simbólicamente la llave de los toriles, entregar los premios a los toreros y preceder a las cuadrillas durante el paseíllo. Ese paseíllo tan visualmente precioso como protocolario, se inicia por orden del presidente, que muestra por primera vez un pañuelo blanco. 68 pasos dura el paseíllo. Tas ellos se colocan los tres matadores según la antigüedad (por orden de alternativa), de esta forma el más veterano se coloca a la izquierda, el siguiente a la derecha y el más novel en el centro. Si es la primera vez que hacen el paseíllo en una plaza deben ir desmonterados.

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68 pasos después llegan a su sitio matadores y cuadrillas, saludan al presidente, cambian el capote de paseo por el capote de brega.

Todo está preparado ya, todo dispuesto para que empiece el espectáculo. Un espectáculo que durante treinta y tantas tardes ha alternado monotonía (las más de las veces) con momentos sublimes (un par de ocasiones).

Pero llega el momento. El de la verdad, el de la PASIÓN con mayúsculas. Salta al ruedo Empanado, un ejemplar de Victoriano del Río, serio, muy bien presentado, muy del estilo del toro de Madrid.

Paco Ureña sale a recibirle. Una verónica de ensueño le dice a la plaza que están ante algo histórico. Las Ventas lo recibe con su tradicional run run, nada que ver con los “silensios de La Maestransa”. A esa verónica de recibo, le siguen otras tres sublimes, al hilo de las tablas, rematadas con una media verónica de cartel que habría firmado el maestro Curro Vázquez. Las Ventas ya sabe que están ante una de las tardes para la eternidad. Se pica al toro con mucho oficio, hay que cuidarle como se cuida a quien se quiere.

Roca Rey, el rey del escalafón, sale a hacer el quite artístico. Unas chicuelinas bien apretadas engrandecen la faena. Como en las grandes ocasiones, Ureña se encela y sale a dar la réplica, cincelando unos delantales portentosos.

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A continuación llega lo mejor de la tarde, el excelso toreo de muleta del matador de Lorca. Un monumento al toreo de verdad, al toreo al natural. 23.000 almas susurrando olé, olé, olé. Estatuarios en el inicio de la faena, un cambio de mano, un pase del desprecio, naturales con el compás abierto, naturales desmayados; naturales a pies juntos; naturales de mano baja y naturales profundos y largos.

La puerta grande ya está descerrajada, ya solo falta empujarla. Sólo falta la suerte suprema, la estocada. El matador se perfila. Le duele acabar con la vida de un toro que le está acercando la gloria, pero sabe que debe hacerlo. Entierra el estoque en el hoyo de las agujas. Las Ventas rugen, solo toro y torero se mantienen en silencio, mirándose, uno preguntándose porqué y el otro agradeciendo su contribución a la gesta que acaba de concluir. El diestro pide a su cuadrilla que no haga rueda de peones al toro, que no le haga sufrir, el toro se va a las tablas a esperar su final.

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Un final que tiñe los tendidos de pañuelos blancos, no tantos como antaño, en que en cada pantalón había uno. Pero cualquier papel blanco es bueno para pedir al presidente los trofeos merecidos. Las dos orejas. La primera la concede el público, a petición popular, y la segunda la concede el presidente según su criterio.

Hay unanimidad. Dos orejas. Puerta grande. Un grito unánime: “Torero, Torero, Torero!”.

De Madrid al cielo. Un monumento a la pasión.

Mil perdones a quien puedan molestar estas líneas, pero ya sabéis, la pasión no se puede explicar, se siente.

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